El tabaco mata a siete millones de personas al año

mujer rompiendo cigarrillos

España sufre una regresión en la reducción del número de fumadores y en la edad de comienzo después de que se aprobara la ley antitabaco de 2006. Hoy, los malos humos son similares a los de 1997

Fumar mata» es uno de los mensajes en las cajetillas de tabaco que advierten de las consecuencias de un hábito arraigado y social, imprescindible para muchos, desde hace décadas.

No es una metáfora ni un tremendismo artificioso, sino una realidad verificada científicamente plasmada en espeluznantes estadísticas. La certeza de un futuro en el que se multiplican los factores de riesgo para la salud está matizada por un presente que los fumadores disfrutan como uno de sus mayores placeres, con un rol social y un carácter compulsivo pero recreativo y, sobre todo, satisfactorio en lo inmediato. Parece en principio una ecuación mental compleja, retorcida y de solución enrevesada.

O al menos eso deben pensar los millones de personas –mil en todo el planeta– entusiastas del pitillo sin que los precios cada día más disuasorios les haya hecho mella. Cuesta entender el mecanismo que conduce a relativizar el hecho de que el tabaco –incluido el tabaquismo pasivo– mata más de siete millones de personas cada año, seis entre los consumidores directos.

Sin duda, hablar de malos humos no es en este caso una figura retórica, sino un yugo que la inmensa mayoría no lleva con resignación, sino con deleite. En España, después de años de esfuerzo en prevención, educación, concienciación y también legislación –normativa de 2006– que ofrecieron resultados en prácticamente todos los parámetros relacionados con la prevalencia del tabaco, la última Encuesta sobre Alcohol y Drogas en España alertaba sobre una acentuación de una tendencia creciente de tabaquismo con cifras de asiduos del pitillo similares a las de 1997 antes de que el Estado hiciera suya una batalla por la salud pública frente a una hábito vital y consustancial a los españoles.

El retroceso en una práctica tan extendida como nociva es una mala noticia, que empeora si tenemos presente que el deterioro es peor entre los jóvenes. El de la vida de las personas cuando están en juego tantas miles de ellas no es un ámbito en el que el Estado debe resignarse en cuanto a sus competencias y con respeto a los espacios de libertad individual. Necesitamos que la gente vuelva a entender o a recordar que «fumar mata».

Autor: Juan Luis Carrasco. 

Fuente Original: LaRazon